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¿En dónde está la libertad?, es la pregunta que finalmente me planteo después de analizar lo que pasó en mi caso: durante muchos años en mi infancia fui bombardeado de ideas religiosas e historias de manifestaciones espirituales. Cuando crecí me propuse investigar y me negué a aceptar lo que sólo por repetición durante mi infancia me hicieron creer.
Llegó un momento en que me sentí libre de todas estas ataduras, me volví escéptico y objetivo analizando todo con la razón.
Sin embargo caí redondito con este programa, mis hijos practicaron conmigo tu programa y después de un rato de cuestionamientos objetivos y escépticos, acepté la posibilidad de que fuera cierto, que un espíritu estaba entre nosotros, pero ¿cómo? Si es un programa creado por un ser humano, es una simple computadora...
Ante la contundencia de las respuestas –obviamente mis hijos conocían detalles finos de mi vida y de nuestro hogar– cedí y caí nuevamente en los prejuicios de la creencia a ciegas de lo sobrenatural.
Después de que mis hijos no quisieron continuar más con el juego –será porque me vieron muy mal, emocionalmente contrariado– y me explicaron en qué consistía, tuvimos un largo rato de risas y bromas sobre el particular.
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